La Princesa de los Jardines de Viena

palacio-schonbrunnNunca creí llegar a la conclusión de que realmente la quise mucho, no me malinterpreten, no es que no hubiera querido, todo lo contrario, pero en esos días no pude hacerlo, no pude quererla como se merecía. No era yo, o sí lo era; más bien… era menos yo de lo que soy ahora.

Cuando hablábamos la hacía reír mucho, le gustaba mi ácida crítica a todo lo que me parecía absurdo y divertido. Yo reía también, creía que era por vanidad porque la conquistaba con cada sonrisa, pero la verdad es que yo reía porque me sentía feliz de escucharla reír y ver cómo brillaban sus ojos mientras lo hacía. Probablemente quería que sonriera porque yo en el fondo  no era feliz por algunas razones del pasado.

Ella no era la clásica mujer que me atraía, en cambio, era la clásica niña consentida que adora la vida nocturna, de esas que se va a fiestas con sus amigos y tiene muchos pretendientes, nunca entendí por qué ella se había interesado en alguien como yo, ni tampoco entendía por qué nos llevábamos tan bien, el romance es cosa de locos y en eso sí había algo en común entre ella y yo, había locura entre nosotros.

A veces me sentía extraño platicándole de mi gusto por los libros, la pintura y la música rock, al menos parecía interesarle lo que le platicaba. No creo que antes de salir conmigo alguno de sus pretendientes la hubiera invitado a un museo. Ella sólo escuchaba lo que sus amigas escuchaban, en fiestas de esas que terminan en la madrugada, o en los bares exclusivos de la ciudad, oscuros centros de entretenimiento donde las personas bellas y solitarias se conocen, se enamoran, y luego de bailar, se intercambian números de celular. A la mañana siguiente no quieren volver a saber de su pareja de la noche anterior, para no enamorarse, para no sentir… o vayan ustedes a saber por qué no.

Pero Ximena quería sentir algo conmigo, hasta el día de hoy, ignoro si realmente se enamoró de mí o estaba empezando a hacerlo, tampoco entiendo la razón. Quizá estaba harta de la mediocre plática que tenía con sus numerosos pretendientes, quizá encontró en mí alguien que veía la belleza que hay en ella además de sus piernas de piel clara que le encantaba presumir. Se cansó de que aún sin tener la intención de presumirlo, todos hablaban con ella dirigiendo su mirada hacia su escote, incluso sus falsos amigos.

Yo la invité a salir porque me atraía, sin duda era una mujer muy guapa y coqueta. Sin embargo, y lo digo muy en serio, jamás pensé que hubiera esa mágica conexión desde la primera vez que fuimos al cine a ver aquella estúpida película de terror en la que el poseído protagonista termina matando a su familia. En el transcurso, yo sólo quería lanzarme a besarla pero no lo hice porque supuse que todos sus pretendientes lo habían hecho, me sentí insultado de verla con ojos de sexo, ella merecía más que mi deseo sexual, por eso en la primera escena de esas que te hacen saltar de un susto, ella me tomó del brazo, giré mi cabeza y le sonreí a los ojos, ella me devolvió la sonrisa y yo le ofrecí de mi Ice azul porque para variar ¡no había del rojo!

No la besé, aunque inumerables veces quise hacerlo, hasta la quinta cita. En las citas anteriores ella sólo coqueteaba como solía hacerlo, era muy natural en ella, es imposible por muy racional que seas no caer en el juego de una mujer que domina el poder de la expresión corporal de la seducción, no la estudio en ningún lugar, ella lo traía por instinto y por eso nunca le faltaba alguien que la invitara a salir, como yo en este caso.  Frecuentemente la abrazaba y le daba algún beso en la mejilla, y para no sufrir demasiado, me alejaba a los pocos segundos. Siempre supo que yo no era como los hombres con los que había salido, y no pretendía serlo, ellos me daban náuseas. Para mí, eran por así decirlo, un montón de basura, de esos que pasan horas en el gym fortaleciendo todos sus órganos, menos el más importante: el cerebro.

A ratos me aburría, cuando no dejaba de hablar de sus amigas y sus infantiles problemas con sus “parejas”, o de lo mal que se sentía cuando alguna de ellas le dejaba de hablar. Yo escuchaba y trataba de hacerlo con atención, aunque a veces me perdía en su plática. No tenía la mínima intención de aprender el nombre de todos y cada uno de sus falsos amigos y amigas.

Ximena no buscaba consejos, yo tampoco se los daba. Cuando tenía algo que la preocupara sólo le decía cosas como:-¿Y qué harás al respecto?- a lo que ella me daba otra larga respuesta en la que al final resultaba resolver sus problemas ella sola. El hecho de que era superficial, no significaba que no fuera inteligente, incluso llegaba a asombrarme su agilidad mental.

Eventualmente no pude resistir. Al salir de un museo, la primera vez que fuimos a uno, ocurrió. Encontramos una banca para sentarnos y platicar sobre la bella exposición que acabábamos de presenciar. Mientras hablábamos llegó a nosotros la música de un vals popular de Strauss que seguramente todos hemos escuchado en alguna fiesta de quince años. Me divirtió la idea de bailar, me levanté de un salto y de forma ceremonial le ofrecí mi mano, ella soltó una carcajada y me dió la suya, pensó que mi bufonería terminaría ahí, pero aplicando un poco de fuerza hice que se levantara conmigo y bailara.

-Imagina que estás en los jardines de Viena- le dije, a lo que ella respondió luego de una carcajada:

-No baila nada mal, señorito.

-Preferiría que me llamara Príncipe, señorita- le contesté burlónamente.

-¿El Príncipe de la canción?- me sorprendió de nueva cuenta su agilidad mental.

-El principe del Vals, más bien, y usted: “La princesa de los jardines de Viena”- le contesté y reímos aún más mientras inconscientemente nos acercábamos un poco más de lo normal. La ví diréctamente a los ojos y en un tono más serio le dije: – Mi princesa.

Lo siguiente que recuerdo fue la mágica sensación de sus labios carnosos y su húmedo y delicado beso, nunca pensé que besara de forma tan tierna, tan pura y auténtica. Realmente disfruté ese beso anhelado, los dos flotamos y todo a nuestro al rededor parecía difuminarse como en una pintura de un hermoso cuadro.

Tuvimos más citas, más besos, caricias y abrazos, más museos, más películas mediocres en el cine comercial, más risas, realmente la pasé muy bien en ese tiempo, fue como un alivio al dolor que habitaba en mi interior. Si no fuera porque yo no estaba bien del todo, quizá hubiéramos seguido saliendo, pero ¿por qué no me sentía bien? no lo sé y sí lo sé. No estaba bien, tenía rencor guardado hacia mi ex novia culta, extremadamente inteligente y distinguida, la seguía extrañando y esto no era justo para Ximena, me sentía inútil y triste por no poner mis sentimientos del pasado en donde correspondían.

Al mismo tiempo, Ximena notaba esto en mí y un día luego de un beso me preguntó qué tenía. Yo le respondí vagamente:

-Ximena, yo… – la tomé de la mano, y traté de seguir:

-Yo no… yo no me encuentro bien, aún siento algo por… creo que tú no tienes ninguna la culpa de esto… pero…

Ximena entendió perfectamente lo que quería decirle como prácticamente cualquier mujer hubiera entendido, ellas entienden un lenguaje más emocional que verbal, y con sus ojos tristes, puso su mano en mis mejillas y me dijo:

-Oye, tú no tienes que preocuparte más por mí, perdóname si lloro, ya sabes como somos las mujeres.- La abracé sin entender la profundidad de lo que me acababa de decir, la abracé por mucho tiempo hasta que me dio un beso en la mejilla y la acompañé hasta su casa.

Si volviera en el tiempo, seguro lloraría con ella y le pediría mil disculpas por mi estúpido comportamiento, nunca pensé que hubieran sentimientos involucrados entre ella y yo, y a final de cuentas le había hecho daño.

Al ir caminando rumbo a mi casa, no pude más y decidí sentarme en un pequeño parque que se encontraba en el camino entre su casa y la mía. Me senté y de inmediato sentí el llanto incontenible, lloré silenciosamente y como si fuera un delito llorar, lo hice en secreto. Hasta que mis ojos se cansaron de hacerlo y no quedó ni una gota más de tristeza. Lloré por mí, por mi ex novia, por Ximena, por el dolor que causa el final de una relación, por las personas ajenas a una relación que sufren por culpa de dos. Lloré y medité sobre lo afortunado que había sido por haber recordado lo que era sentir profundamente con el corazón. Y todo fue gracias a Ximena, la mujer aparentemente superficial que no salía de las fiestas en la madrugada, la mujer de piel clara y lindas piernas.

Aquella coqueta y dulce mujer me había dado una enorme lección y me había hecho entender lo patético de mi situación. A pesar de eso, no quería hacerle más daño y decidí conservar una amistad con ella. Al poco tiempo la ví con un tipo alto, mucho más guapo que yo, supongo. Al verme, me sonrió y yo la saludé desde lejos. Volvió a la vida banal que acostumbraba, o al menos eso pensé en mi interior.

Poco tiempo después salimos y platicamos de nuestra situación actual, me dijo que ya llevaba siete meses con su novio y que se sentía muy feliz y enamorada. Me dijo que intentaba llevarlo a museos aunque no eran de su agrado, lo cuál me hizo reír, sentía algo de celos por él para ser sincero. Me preguntó cómo estaba yo, le dije que no había vuelto a salir con nadie más pero que a pesar de eso, me encontraba muy contento con mi vida.
-¿Volverás con tu ex?- preguntó con curiosidad.
-Lo dudo mucho y sinceramente no sé si sea lo más adecuado.- Luego de una breve pausa, finalicé con:

-Gracias a ti, ya no siento rencor por ella ni por nadie, me siento realmente libre.
Le pedí una sincera disculpa por lo que había pasado entre ella y yo y antes de seguir, me tomó de la mano y me dijo que no había nada qué disculpar, que al contrario, era una mejor persona gracias a mí y que además del gusto por los museos, ahora también le gustaba leer y escuchar grupos de rock. Yo me sentí muy orgulloso y melancólico por lo que me decía, le dije que ella merecía ser feliz siempre, que era una maravillosa persona y una bella y linda mujer. Caminábamos rumbo a su casa platicando y sonriendo como era costumbre entre nosotros, con sus manos en mi brazo.

-A pesar de todo, estoy preocupada por ti…- me dijo de repente. La tomé de una mano, la miré de frente a los ojos y le dije: -Ahora eres tú la que no debe preocuparse más por mí. Gracias por todo, Ximena.

-Eres un gran chico, sé que encontrarás a alguien con quién bailar el Vals en los Jardines de Viena.

-Yo sólo espero que sea tan buena bailarina como tú.

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~ por Diego Alexandros en 28 de enero de 2014.

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